Enana.
Y enano.
Cuando era niña la maestra nos organizaba por orden de tamaño y siempre fui la segunda en la fila para salir del salón; años tras año, en fila detrás de Anamae Ortiz.
Yoli, mi prima, que tenía mi edad, me sacaba una cabeza y un cuello en estatura.
De mí decían los adultos: ¿Anamari? ¡No! Ella pesa media libra mojada.
Sí, era chiquita.
¿Y mi mamá?: alta (para el estándar de estas latitudes). Gozaba de los beneficios de su altura. En tenis, la rompía con su estatura ventajosa. Era modelo de pasarela. Podía ver conciertos sin obstrucción. Caminaba más cerca de Dios.
Algunos domingos, nos hacía desaparecer a los cinco con el recurso mágico de imaginar que no existíamos (recurso que solo conocen las madres) para estudiar los videos de las pasarelas europeas que había grabado en VHS durante la semana.
Con papel y pluma en mano, dibujaba los diseños de ropa que le gustaban para luego sacar sus patrones y coserlos a máquina. También tomaba nota de la técnica y belleza de las modelos. Lo sé porque de vez en cuando se le escapaba una exclamación de sorpresa salpicada de baba.
Cuando se me creció el complejo, comencé a mencionarlo, a medirme obsesivamente con rayitas en la pared y preguntarle por qué era tan bajita si ella, mis hermanos, y mi abuela eran tan altos.
Hija, los perfumes más finos vienen en envases pequeños.
Esto me olía un poco a paja y no me consolaba ni cinco.
Cuanto más lo repetía, más le resentía. ¿Cómo era capaz de repetir aquella barbaridad mientras alcanzaba la repisa de las valijas sin siquiera ponerse de puntillas, mientras cambiaba el bombillo sin escalera, mientras conversábamos antes de dormir con sus pies protuberando afuera de la cama?
Hasta que un día me desacomplejé.
Un pelaito se burló de mí en el recreo: ¡enana! (Seguramente por algo que yo le había hecho, porque mi misión de vida era ajustar el balance kármico de toda burla que les aguantaba a mis hermanos.)
¿Enana?
¿No sabía él del código que dice que no se hace burla de las cosas que son verdad?
En cuanto me recuperé de la indignación, me hinché de pecho (como Tom soplaba de su pulgar para enfrentar al perro), crecí una pulgada y le respondí como si este fuese un hecho real del universo de la moda, qué él, por ser tan ignorante y bruto, seguro desconocía:
- ¿Y a mí qué me importa? Si hasta los perfumes más chicos vienen en envases pequeños.
Y a partir del momento en que me di la vuelta, para no darle oportunidad de respuesta, me gusté enana.
Tanto, que me decepcioné tantito cuando me estiré a los quince (me “estiré” es una exageración, mido 160cms).
Se repite la historia:
Al día siguiente después de escribir este texto en mi diario, Vicente me contó en el carro con la nariz pegada al vidrio, la mirada afuera de la la ventana, entre dientes y con un volumen muy bajito:
Mamá, sabes lo que me pasó hoy?
Juan…
¿Sabes cuál es Juan?
Sí, ese, el de los rulos.
Bueno, hoy me preguntó que por qué soy tan chiquito.
Y yo primero le respondí, que no sé.
En verdad no sé, por qué soy tan chiquito.
Pero, después…
Después, le dije, ¿sabes qué? -ahora modulando y con la voz de mi niño que se tragó un megáfono- No importa porque mi mamá dice que ella es una Umpa Lumpa.
¿Verdad que tú me dijiste eso, mamá?
- Sí, hijo, yo dije eso -partida de la risa-.
Sí, el fin de semana anterior les había contado de que, cuando fui a Holanda, me sentí una Umpa Lumpa en esa tierra de gigantes.
Muy bien, hijo. Muy bien.



